
“El padre Amaro vino a Cochabamba para filmar una película sobre la guerra del agua en el año 2000”, comentario que hizo mi hermano menor mientras celebrábamos las fiestas de fin de año en Cochabamba. Una afirmación surrealista para mí que visitaba mi ciudad natal después de año y medio.
Más surrealista fue la experiencia al volver a Roma pasando por Madrid: Tener a mi ciudad Cochabamba delante mi butaca en un cine madrileño, sentado frente al colegio Don Bosco convertido en la sede central de “Aguas del Tunari”, ver la concurrida Avenida Heroínas justo en frente al Arzobispado, centro neurálgico de la Guerra del Agua en el año 2000, reconocer el hospital Setón donde trabaja mi madre y ver por cinco segundos al arzobispo de Cochabamba marchando sólo por las calles; la plaza Principal y la sede de la gobernación...; me explico mejor:
Acabo de dejar Bolivia con las protestas sociales aplacadas por la retractación del Presidente Evo Morales que decidió dar un paso atrás en la decisión de subir el precio del combustible el 70%. El camino más directo entre Bolivia y la el Viejo Mundo es montarse a un “Torísimo” nombre que una compañía aérea le ha dado a su aeronave más grande, donde los alimentos ofrecidos durante la travesía, muestran que la empresa apenas sobrevive.
Ya en Madrid decido pasar algunas horas en la ciudad, tengo diez horas de puente entre un avión y otro. Es el 6 de enero, día de los Reyes Magos, uno de las pocas fechas que el calendario español ha dejado en rojo. Me encuentro en Madrid, en una de sus calles más famosas, la Gran Vía – que este año festeja 100 años – hoy está fría y desierta porque ayer las tiendas vendieron hasta medianoche y hoy cada uno se quedó en casa y Dios en la de todos.
En la puerta de un cine veo una elegantísima chola paceña (mujer oriunda de La Paz que viste con traje típico boliviano resultado de la combinación de vestidos españoles de época colonial y tradicional sobrero inglés bowler). Decido también yo entrar al cine a modo de esperar el próximo avión. Es una sensación extraña ver en la pantalla la ciudad que acaba de dejar hace unas horas.
La película, que representará al cine español en los Oscar, tiene alta calidad interpretativa, está llena de paralelismos y contrapuntos a lo largo de su doble narrativa. El agua hoy es el elemento precioso – así como lo fue el oro en la colonia – por el que pueblos enteros pueden ser nuevamente sometidos por nuevos imperios mercantiles o ideológicos que no respetan la dignidad humana. En las dos películas a las que el espectador asiste simultáneamente se denuncia la falsedad e hipocresía humana y social: productores, director y actores de la película sobre el colonialismo se revelan como personas totalmente opuestas a los personajes que representan, la Guerra del Agua conduce a los personajes ante situaciones límite que hacen externar sus miedos, obsesiones e incoherencias.
La historia de “También la lluvia” no tiene un final feliz, la película se cierra ante la esperanza: al final los bolivianos de la película “lo que hacen mejor es sobrevivir” en palabras del co-protagonista boliviano. Esta película desentierra hábilmente los sentimientos de culpa de los colonizadores, y el resentimiento de los colonizados.
Toda película tiene una intencionalidad, “La lluvia también” no es una excepción. De los dos hechos históricos que se narran hay aspectos que simplemente se ignoran y otros que se subrayan hasta el cansancio. Será parte de la criticidad y madurez con la que los espectadores verán y analizarán la película; construirán y des-construirán la historia de esta cinta.
Por lo demás, la realidad toda está llena de incoherencias y visiones parciales de la realidad. Bolivia, justamente, se ha declarado un Estado Laico pero se promueve la religión ancestral; se dictan leyes para que los bolivianos hablen al menos un idioma nativo cuando el mismo Presidente sólo habla español. En Bolivia se quiere liderar el movimiento ecológico internacional y se pide a la ONU que reconozca a la Pachamama, mientras continúan las tratativas con Irán para explotar el uranio para potenciar programas nucleares; y se entrega en manos de la siderúrgica india Jindal Steel and Power la explotación del Hierro por 40 años. Me pregunto: ¿seguimos siendo esclavos de nuevas ideologías?
Por ahora, terminada la película salgo del cine para tomar el metro que me llevará al Aeropuerto de Barajas, pues mi viaje continúa y debo volver al realidad mirando al futuro.